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LA COSTUMBRE DEL PODER

GREGORIO ORTEGA MOLINA / SOL CAMPECHE Díaz Serrano vs José Andrés de Oteyza, no aprendemos Aquí y en política, la estupidez vence a la razón * Por lo pronto México contribuye, con paso firme, a la contaminación, a la destrucción de la naturaleza, a desvirtuar el futuro de los mexicano -fifís y chairos- por las enfermedades que propiciará la depredación del medio ambiente. Apuestan por las energías sucias, porque es un gobierno “sucio” Ahora constatamos que nadie escarmienta en cabeza ajena. Cuando los países árabes productores de petróleo jaquearon al mundo al reducir su producción y controlar los precios, sólo Jorge Díaz Serrano estuvo atento para lo que sucedería después. Los precios del barril de crudo descendieron a las cotizaciones que el mercado impuso cuando Estados Unidos sacó a la venta los “guardaditos” que hizo durante la crisis. Fue el momento de las alianzas para no perder, pero entre churumbeles te veas. José Andrés de Oteyza convenció a José López Portillo de guardarlo para vender en cuanto el precio subiera. Luego, la renuncia del director de Pemex, las devaluaciones, la estatización bancaria, los mexdólares, el descrédito absoluto del “último presidente de la Revolución”. Hasta hoy no encuentro de dónde le surgió el nacionalismo al entonces secretario de Patrimonio Nacional. Quien sabía del tema, de cómo Estados Unidos incide en el mercado del petróleo y sus derivados, era el ingeniero Jorge Díaz Serrano. Mucho costó aprenderlo, hasta que decidieron iniciar -sin descuidar la ideología ni la economía (la corrupción es punto y aparte)- una reforma energética que consideró que pronto, muy pronto, los combustibles fósiles serían puestos de lado para preservar la naturaleza, aunque la carrera por poner a punto los autos eléctricos ha durado demasiado, pero están a la puerta. Hoy la postura ideológica contra el desarrollo sustentable y en beneficio de una imaginaria independencia, está de regreso, como si lo hecho por el ingenioso, pulcro y honrado José Andrés de Oteyza no hubiera ocurrido, para dar al traste, en un santiamén, con la administración de la abundancia. ¿Alguien recuerda cuántos puertos de altura cuya construcción se inició con José López Portillo se terminaron y funcionan;  cuánta infraestructura nunca acabada fue devorada por el mar y la arena? ¿Qué ocurrirá con lo que quedó debajo del agua y el suelo del lago de Texcoco? ¿Cuánto se perdió en dinero y empleos (el litigio entre la Auditoría Superior e el presidente de México no lo aclarará), más allá de la especulación en bienes raíces? ¿Cómo quedó el prestigio internacional? ¿Y la palabra presidencial, que en corto y en largo dijo, aseguró que no lo cancelaría? Lo que se nos viene encima como consecuencia de las contrarreformas energética y eléctrica es más que una cuestión de pesos y centavos. Por lo pronto México contribuye, con paso firme, a la contaminación, a la destrucción de la naturaleza, a desvirtuar el futuro de los mexicanos -fifís y chairos- por las enfermedades que propiciará la depredación del medio ambiente. Apuestan por las energías sucias, porque es un gobierno “sucio”. Imposible suponer qué imagen icónica guía el proceder del presidente de México, pero puede estarse seguro que no coincidirá con la de alguno de los héroes que nos dieron patria, a pesar de que tampoco son lo que la mitología popular nos hace creer. Aquí, en política la estupidez vence a la razón.

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